Chillida: El sueño de una utopía

El caserío Zabalaga, rodeado de un bosque de hayas, robles y magnolios, así como de bellas praderas, no sólo es una gran herencia de Eduardo Chillida, más allá de lo que son sus obras, sino también el escenario perfecto para dar vida a las esculturas.Toda la magia del genial escultor Eduardo Chillida ha quedado reflejada, gracias a su labor y a la de su familia, en un paraje de ensueño, un caserío del siglo XVI que, por sí mismo, es una creación del artista sobre la base de un edificio en ruinas. En el caserío Zabalaga y en la finca que lo rodea se exponen las obras de Chillida, como un homenaje al escultor y a su trabajo, a las preguntas que le hicieron plasmar en diversos materiales sus inquietudes sobre el hombre, el espacio y el mundo.

EL PROYECTO DEL MUSEO
No podría entenderse la existencia del Museo de Chillida sin conocer los sueños del escultor, su amor por la tierra que le vio nacer y el apoyo y el trabajo de su esposa y sus hijos. El propio Chillida dijo: “Un día soñé una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara entre ellas como por un bosque”como aseguró Pilar Belzunce, su esposa: “Hemos convertido la utopía en algo concreto, y lo hemos conseguido sin ayudas externas, sólo con nuestro esfuerzo y nuestros medios.

La construcción, un bello edifico en piedra del siglo XVI estaba en ruinas, así que Chillida y el arquitecto, y amigo, Joaquín Montero, comenzaron a vaciar el interior y a darle forma, respetando lo más posible su fisonomía exterior. El mismo Chillida decía que se había dejado llevar por lo que el propio caserío pedía a la hora de diseñar el interior, de forma que, prestando un mínimo de atención a lo que emitía el lugar, habían conseguido un lugar en consonancia con el entorno y un espacio en el que las obras formaban parte del todo. Lo cierto es que el trabajo, tanto del artista, como de su colaborador Joaquín Montero, ha conseguido hacer del propio edificio una obra de arte. Cuando terminaron con el caserío, comenzaron a pensar en la adecuación del espacio exterior para que el público pudiera penetrar en el museo y, finalmente, en lo que es la exposición de las obras, para lo cual intervino otro amigo de Chillida y catedrático de arte, Kosme de Barañano, quien asesoró sobre la colocación de las piezas. El catedrático comentaba al respecto: “No hay un recorrido unívoco... Las piezas no están instaladas en un orden cronológico, y tampoco hay un recorrido radial a lo largo del caserío. El conjunto está concebido como un gran espacio abierto en el que los diálogos que se establecen entre las piezas, a diversos niveles de altura, así como el propio caserío, se conforman de maneras muy distintas. Así como las obras de Eduardo ofrecen diferentes vistas desde muy distintos puntos, de igual forma habría que considerar Zabalaga como un conjunto escultórico que se puede contemplar de formas muy diferentes”.Los libros hablan, además, de otra persona cuya labor ha sido fundamental para la consecución del museo; se trata de Joaquín Goikoetxea, el guardián de la finca.

EL CASERÍO
Al entrar en Zabalaga ante el visitante aparece una bella pradera ascendente con parte de las cincuenta esculturas que permanecen en el exterior. La combinación de elementos, así como el entorno natural de las piezas fuerzan desde el primer momento al visitante a sentir que en ese lugar se rinde un homenaje a la unión del arte y la naturaleza. Las obras, inmensas y bellas, recuerdan que Chillida, como artista, era capaz de expresar su sencillez, su genialidad y sus inquietudes sobre el hombre, el espacio y el tiempo. El bosque, en algunas zonas, se funde con las esculturas dando la impresión de que la naturaleza se convierte en una combinación de obras de madera, de acero, de granito...

Coronando la parte alta de la finca se eleva el caserío, de piedra y madera. El interior es un gran espacio que acoge parte de las obras de pequeño y mediano tamaño de Chillida, realizadas en acero, alabastro, terracota, granito y yeso, además de bocetos y dibujos.

Quizás el visitante pueda entender, tras haber paseado por el Museo de Chillida, que haya generado expresiones muy diferentes en aquellos que acuden a visitar este espacio único. Cada persona es capaz de ver de formas diferentes las esculturas del genial artista, pero sí es cierto que un paseo por Zabalaga sumerge al espectador en su propio mundo interior, invitando a la reflexión y a la búsqueda del lugar que ocupa uno mismo en el entorno natural y artístico y en el propio mundo.

UBICACIÓN: Zabalaga está en Hernani (Guipúzcoa).

www.museochillidaleku.com

(FOTOS Y TEXTOS: ESTHER DE ARAGÓN BALBOA-SANDOVAL) 

 

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